Your Radiance

Categoría: Uncategorized

  • Mientras aprendo a caminar

    No fue un momento planeado.

    Salía de la oficina, con la cartera colgando del hombro y la mente haciendo su resumen del día, cuando se detuvo en seco.

    No por algo afuera.

    Sino por algo que se movió adentro.

    Frente a ella, una escena cotidiana:

    las chicas del equipo bajaban las escaleras, charlando, riendo bajito, con esa energía de final de jornada.

    El sol de las 5:30 p.m. se colaba entre los árboles, pintando el piso con una luz tibia.

    Pero algo en esa imagen —tan simple, tan habitual— la hizo quedarse quieta.

    Las observó por unos segundos.

    Y le llegó un pensamiento claro, nítido:

    “Ellas son parte de tu equipo.”

    Y de inmediato, como una segunda voz que aparece sin ser invitada, otra pregunta le pinchó el pecho:

    “¿Por qué todavía te cuesta creerlo?”

    No era una duda de capacidad.

    Tampoco de valor.

    Era algo más profundo.

    Un eco de lo que nunca se le enseñó a habitar.

    Nadie, en su historia cercana, le había modelado lo que significaba sostener a otros con conciencia.

    No había visto a nadie tomar decisiones sin endurecerse.

    Ni crecer sin apagar su parte más sensible.

    Y sin embargo, ahí estaba ella.

    Siendo eso.

    Haciendo eso.

    Sosteniendo personas, procesos, emociones, detalles…

    y aún así, a veces, sintiéndose niña en tierra desconocida.

    Se apoyó en la columna de la entrada.

    Respiró hondo.

    Sintió una ternura rara, pero hermosa, hacia sí misma.

    Tal vez no se trataba de “creérselo”.

    Tal vez lo importante era empezar a habitar lo que ya era,

    aunque aún no se sintiera del todo integrado.

    Aunque a ratos no supiera cómo.

    Y entonces, casi sin pensarlo, llegó una nueva pregunta.

    Una de esas que no buscan respuesta inmediata,

    sino espacio interno:

    ¿Qué significa realmente ocupar un lugar, si aún lo estoy descubriendo mientras lo camino?

    Y ahí, en ese atardecer simple,

    la duda no fue inseguridad.

    Fue conciencia.

    Fue semilla.


    Epílogo

    Una pregunta que me dejó esta historia

    ¿Qué significa realmente ocupar un lugar, si aún lo estoy descubriendo mientras lo camino?

    Me lo pregunto porque, aunque ya esté ahí,

    aunque ya sostenga, acompañe y decida…

    hay partes de mí que todavía se están acomodando.

    Y en vez de sentirme insegura por no tenerlo todo claro,

    elijo mirar esa duda como un acto de conciencia.

    Tal vez el verdadero liderazgo no es el que se impone desde la certeza,

    sino el que camina con alma,

    el que ocupa su lugar con humanidad,

    aunque todavía le tiemble un poco la voz.

    Yuli R.

  • Cuando evoluciono y mi entorno ya no me reconoce

    A veces el cambio no llega como un gran suceso. No llega con explosiones ni con decisiones drásticas. Llega despacito… casi en silencio. Llega cuando una persona empieza a sentirse diferente sin saber explicar cómo. Llega cuando lo que antes llenaba, ahora apenas hace sentido; y cuando lo que antes era normal, ahora se siente como una ropa que ya no queda.

    Y ahí empieza un proceso que nadie enseña, pero que a lo mejor todos vivimos en algún momento: evolucionar por dentro sin haber avisado por fuera.

    Es extraño. Uno empieza a elegir conversaciones más tranquilas, rutinas más suaves, espacios más silenciosos. Uno se descubre a sí mismo disfrutando cosas que antes pasaban desapercibidas: una taza de café en calma, un pensamiento que llega claro, una sensación de bienestar que aparece sin anuncio. Y también se da cuenta de que otras cosas que antes emocionaban, ahora requieren un esfuerzo enorme.

    Pero como ese cambio sucedió hacia adentro, el mundo de afuera no lo sabe.

    El entorno solo ve comportamientos: menos participación, menos chistes, menos ganas de planes ruidosos, menos disponibilidad para coordinar cosas… y como nadie conoce la historia interna, el otro interpreta.

    Y es ahí donde comienzan los malentendidos.

    De repente, uno pasa de ser “la alegre”, “la proactiva”, “la que siempre está” a “la apagada”, “la rara”, “la que está mal”, “la que está en algo”.

    Y duele, porque no es cierto. No es tristeza. No es desánimo. No es depresión.

    Es evolución.

    Pero como no lo explicamos —a veces porque ni siquiera sabemos cómo explicarlo— dejamos un espacio en blanco que el otro llena con su propia versión. Y esa versión casi nunca coincide con la real.

    Entonces uno se ve en medio de dos mundos: la persona que está naciendo por dentro, y la percepción que otros construyen desde afuera.

    Y ahí surge la disyuntiva: ¿cómo acompaño mi evolución sin sentir culpa por cambiar?, ¿cómo me mantengo fiel a lo que ahora necesito, sin que los demás lo interpreten como rechazo?, ¿y cómo puedo pedir comprensión sin tener que justificar cada paso que doy?

    Tal vez la pregunta más honesta que cualquiera en este proceso podría hacerse es: ¿qué parte de mí necesita ser comunicada para que los demás no tengan que adivinarme?

    Porque no se trata de convencer a nadie. Se trata de compartir un pedacito de la verdad para que las relaciones no se pierdan en suposiciones.

    La mayoría de las personas no estamos acostumbradas a hablar de estos temas: del alma que cambia, de los gustos que se transforman, de la energía que se afina, de la necesidad de paz, de la sensibilidad que despierta.

    Pero cuando lo hacemos, aunque sea una vez, algo se acomoda. Algo se ordena. Algo se alivia.

    Y también surge otra pregunta que viene desde un lugar todavía más profundo: ¿quién soy yo ahora? ¿Y qué necesito para sostener esta nueva versión sin sentir que debo disculparme por ella?

    Es posible que el entorno no lo entienda de inmediato. Es posible que algunos se alejen un poquito. Es posible que otros se queden callados. Y es posible que unos pocos pregunten con interés genuino.

    Pero la verdad más honesta de este proceso es esta: no se trata de perder gente, se trata de encontrarnos a nosotros mismos.

    Y cuando eso pasa, el entorno que permanece es el que siempre debió estar.

    El resto… se reacomoda.

    Porque evolucionar no es alejarse. Evolucionar es volverse más auténtico.

    Y aunque duela un poquito, también es una forma de volver a casa.

    YR.

  • El corazón radical

    Una exploración íntima de lo que arde demasiado fuerte dentro

    Hay una palabra que me ha estado dando vueltas en la cabeza estos días: radical.

    Y no por lo que comúnmente se asocia con ella —imposición, dureza, extremismo—, sino por lo que me está mostrando de mí misma…

    De este corazón que ama, siente, sueña y espera con intensidad total.

    Y es que sí, cuando siento, siento al extremo.

    Y cuando espero, lo hago desde lo más puro de mí.

    Y cuando algo me duele, mi alma entera se agita.

    Entonces me pregunto…

    ¿Cuándo fue la primera vez que me sentí “demasiado”?

    ¿A quién le molestó mi intensidad?

    ¿Y cuándo comencé a querer contenerla?

    Porque a veces, esa intensidad me ha llevado a ser radical.

    A querer que las cosas sean como deben ser (según mi visión).

    Y cuando no lo son, algo dentro de mí quiere cerrarse, bloquearse, desconectarse.

    Pero…

    ¿De verdad todo debe ser como yo lo imagino?

    ¿O esa necesidad de “como debe ser” es un escudo que protege una herida más profunda?

    Me estoy cuestionando:

    • ¿Cómo sería soltar sin rendirme?
    • ¿Cómo sería amar sin controlar?
    • ¿Cómo sería sostener mis valores sin imponer mis formas?

    Porque no quiero apagar este fuego.

    No quiero dejar de sentir profundamente.

    No quiero convertirme en alguien que observa todo desde lejos para no quemarse.

    Solo quiero aprender a regular el fuego sin apagar la llama.

    Aprender que mi pasión, cuando se equilibra con pausa, se convierte en guía y no en carga.

    Y que ser intensa no es un problema, si me trato con amor en medio de esa intensidad.


    Hoy no quiero señalarme por ser así.

    Hoy me abrazo.

    Y me sigo preguntando:

    ¿Qué pasaría si en lugar de exigirme tanto, me escucho más?

    ¿Qué pasaría si dejo de pensar que tengo que controlarlo todo para que todo esté bien?

    ¿Qué pasaría si confío en que hay otras formas, además de la mía?


    Esto no es una rendición.

    Esto es una nueva forma de mirar mi corazón radical.

    No para reducirlo, sino para guiarlo con más conciencia, compasión y equilibrio.


    Y tú…

    ¿Tienes también un corazón radical?

    Yuli R.

  • El poder de construir una familia en el trabajo

    La vida laboral nos ha vendido muchas veces la idea de que el trabajo y la vida personal deben estar separados, como si fueran dos mundos que no deben tocarse. Pero… ¿cómo no van a tocarse si pasamos la mayor parte del día en ese lugar que llamamos “trabajo”? ¿Cómo no llamarlo familia cuando compartimos tantas horas, tantas emociones y tantos proyectos en común?

    El día de ayer celebramos un nuevo aniversario. Cinco años. Un número que puede parecer pequeño, pero que está lleno de historia, esfuerzo, aprendizaje y sobre todo: gente hermosa construyendo juntas.

    Fue una celebración sencilla, pero inmensa en significado. Mientras daba las palabras de bienvenida, sentía un orgullo que no cabía en mí. Orgullo de mirar alrededor y ver un equipo de personas comprometidas, entregadas, dispuestas a dar más allá de lo que “les toca”. Y no por obligación, sino porque hay un sentimiento real de pertenencia, de cuidado mutuo.

    En más de una ocasión hemos tenido que trabajar horas extras, todos alineados en un mismo objetivo. Y aunque el cansancio pesa, la integración y la colaboración nos sostienen. Cada aporte, cada gesto, cada “yo te ayudo”, hace que el trabajo no se sienta tan pesado.

    Durante la celebración, escuché a varios compañeros expresar cómo se sienten: hablaron de comodidad, de sentirse acogidos, de haber encontrado en este lugar una especie de hogar. Algunos incluso compartieron lo difícil que fue encontrar una oportunidad laboral antes de llegar aquí, y cómo hoy sienten que están donde deben estar.

    Hubo quien dijo que aquí encontró la familia que no tuvo. Y eso… eso no tiene precio.

    Hubo quienes confesaron que llegaron con miedo, pero que ese miedo se fue disipando al sentir el trato humano, la cercanía, la calidez del día a día.

    Y entonces me pregunto:

    ¿Por qué nos cuesta tanto asumir que sí, que nuestros compañeros de trabajo también son nuestra familia?

    ¿Cómo no van a serlo si compartimos risas, metas, retos, frustraciones, almuerzos, silencios, y hasta momentos difíciles?

    Claro, faltaron muchos rostros ese día. Especialmente quienes están en campo, en la primera línea, entregándolo todo. Pero su presencia se siente, porque el equipo es uno solo, y cada rol es esencial. Son el motor que impulsa todo.

    Al final del día, no se trata de ser perfectos, ni de tener una empresa sin errores o sin retos. Se trata de construir, juntos, un espacio donde dé gusto estar. Donde podamos ser nosotros mismos. Donde podamos crecer.

    Y si eso no es familia… entonces, ¿qué lo es?

    Yuli R.

  • Antes de volar, hay un proceso.

    La vida y la sociedad nos dictan velocidad. Todo tiene que ser inmediato, todo urge, todo es para ayer. Pero… ¿y si nos detenemos a pensar un momento? ¿Dónde queda el proceso?

    En estos días me he dado cuenta de que muchas veces he querido volar antes de caminar. He querido tener la experiencia de 20 años cuando solo llevo cinco en este camino de construir y liderar. Muchas veces me exijo actuar como si ya debiera saberlo todo, como si ya debiera hacerlo perfecto.


    La mariposa tampoco vuela de inmediato

    Hay algo muy sabio en la naturaleza. Observemos la mariposa: no nace volando. Primero es oruga. Luego, atraviesa un proceso silencioso, invisible desde afuera, dentro de un capullo que la transforma. Y solo entonces, cuando está lista, extiende sus alas.

    ¿Por qué nos exigimos a nosotros mismos un vuelo inmediato, si la propia vida nos muestra que todo tiene un ritmo?


    Vivimos una metamorfosis

    Estamos viviendo una metamorfosis. Y no hay evolución sin tiempo, sin fricción, sin práctica. No se nace sabiendo. No se lidera sin fallar. No se madura sin pasar por etapas incómodas. Cada error, cada duda, cada decisión que aún no sabemos tomar, forma parte del proceso que nos prepara para lo que viene.

    ¿Por qué nos maltratamos cuando fallamos?

    ¿Por qué no nos hablamos como nos hablaríamos a nosotros mismos si entendiéramos que estamos en proceso?


    Lo urgente no siempre es lo importante

    A veces creemos que el éxito está en llegar rápido. Pero la verdadera sabiduría está en saber llegar en paz.

    En aceptar que hoy no sé todo, pero mañana sabré un poco más.

    En respetar el tiempo que necesita cada transformación.

    En no compararme con quien lleva otra historia, otros años, otros pasos.


    Antes de volar, habitémonos

    Porque no hay vuelo sin raíz.

    No hay alas sin cuerpo.

    No hay logro sin proceso.

    Y así como la mariposa no se fuerza a salir del capullo antes de tiempo, tampoco nosotros deberíamos forzarnos a ser quienes aún estamos aprendiendo a ser.

    Aceptemos el ritmo de nuestra evolución. Honremos nuestro proceso.

    Porque crecer también es aceptar que aún no sabemos, pero estamos aprendiendo.

    Yuli R.

  • Vivir como si no fuéramos eternos

    En estos días he pensado mucho en algo que, aunque todos sabemos, rara vez dejamos que cale hondo: un día vamos a cerrar los ojos… y no volveremos a abrirlos.

    No sabemos cuándo. No sabemos cómo. Pero sí sabemos que pasará.

    Y entonces me pregunto:

    ¿Por qué vivimos como si fuéramos eternos?

    ¿Por qué postergamos tanto lo que nos hace bien?

    ¿Por qué nos sumimos tanto en el dolor, como si fuera a quedarse para siempre?

    Hace poco estuve en espacios donde se despedía a personas que partieron. Y mientras veía las flores, los abrazos, las lágrimas y los silencios, sentí un golpe de realidad:

    lo único seguro que tenemos es que, algún día, ya no estaremos aquí.

    No lo digo con miedo. Lo digo con gratitud.

    Porque si todo termina, entonces lo que está ahora es valioso.

    Sea bueno o malo.

    Sea una etapa dulce o una temporada difícil… nada dura para siempre.

    Si hoy amo algo, un día puede cambiar.

    Si hoy me duele algo, un día puede pasar.

    Si hoy tengo cerca a alguien, un día puede que no esté.

    Si hoy puedo caminar, reír, escribir o abrazar, un día tal vez no pueda.

    Entonces, ¿por qué esperar?

    ¿Por qué no hacerlo hoy?

    ¿Por qué no disfrutar lo que tengo… y soltar lo que pesa?

    No se trata de vivir con miedo a perder.

    Se trata de vivir con presencia.

    De decir “gracias” por esta taza de café caliente.

    Por la llamada que sí contesté.

    Por el abrazo que no pospuse.

    Por la conversación que no dejé para otro día.

    Quizás, si viviéramos recordando que nada es eterno, dejaríamos de postergar la vida.

    Tal vez amaríamos con más fuerza, perdonaríamos más pronto, y agradeceríamos incluso lo que no entendemos todavía.

    Hoy, más que nunca, me repito:

    Esto que tengo, hoy está. Mañana… no lo sé.

    Y por eso, hoy lo vivo.

    Yuli R.

  • Las palabras que se quedan

    A veces, lo que más pesa no es el grito… sino esa frase aparentemente pequeña, soltada sin pensar. Esa palabra que llegó sin filtro, sin pausa, sin conciencia.

    Una palabra puede acariciar, pero también puede marcar. Puede ser abrigo… o cicatriz.

    Y aunque lo sabemos, ¿cuántas veces soltamos palabras en automático, sin imaginar el eco que tendrán dentro del otro?


    Hace poco presencié una escena simple, casi cotidiana: alguien reaccionó con enojo y, en medio del impulso, lanzó frases duras. Quien las recibió se quedó en silencio. No respondió. Pero su mirada… lo dijo todo. Algo se rompió ahí. No por el tono, sino por el peso de lo dicho.

    Y me pregunté:

    ¿Somos conscientes del poder de lo que decimos cuando estamos enojados?

    ¿Sabemos que una palabra puede quedarse años, incluso cuando la rabia se va en minutos?


    A veces no medimos el impacto porque estamos en automático. Pero, ¿qué pasaría si al hablar tuviéramos la misma delicadeza con la que tocaríamos el alma del otro? ¿Y si habláramos sabiendo que hay palabras que no tienen retroceso?

    Porque cuando una palabra entra al corazón de alguien, ya no hay “no quise decir eso”. Ya fue.


    Y no solo hablo de lo que decimos a los demás…

    ¿Qué palabras nos decimos a nosotros mismos?

    “Soy un desastre”, “No sirvo para esto”, “Todo me sale mal”

    ¿Cuántas veces repetimos eso, sin saber que lo vamos sembrando en el inconsciente?

    Si alguien nos hablara así, ¿lo toleraríamos?

    ¿Entonces por qué lo permitimos de nuestra voz interna?


    Las palabras crean atmósferas.

    A veces, una frase puede cambiar el rumbo de un día entero. Un “confío en ti”, un “yo te veo”, un “estás haciendo lo mejor que puedes” puede sostener a alguien. O sostenernos.

    Entonces, ¿cómo sería nuestro mundo si habláramos más desde ahí?


    Yo no sé cómo fue para ti, pero quizás también has sentido alguna vez el peso de una palabra que dolió más de lo que parecía. O quizás fuiste tú quien la dijo, y luego supiste que no era lo que querías decir, pero ya era tarde.

    Por eso hoy no vengo a hablar de perfección, sino de conciencia.

    De hacer una pausa antes de hablar.

    De preguntarnos:

    ¿Esto que voy a decir edifica… o destruye?

    ¿Lo diría igual si supiera que esa persona lo va a recordar toda su vida?


    Porque al final, no es que tengamos que hablar siempre bonito…

    Pero sí, al menos, hablar con verdad, con cuidado, con alma.

    Que nuestras palabras no sean dagas, sino puentes.

    Y si alguna vez no lo logramos… que tengamos el valor de reparar.

    Porque ahí también habita el amor.

    Yuli R.

  • Una taza de atención 

    Esta mañana, mientras veía mi taza de café servida con cuidado sobre una bandejita, algo dentro de mí se detuvo.

    Por primera vez en días, no lo miré con nostalgia, ni con rabia, ni con resignación.

    Lo miré como si fuera un regalo. Uno pequeño, simple… pero inmenso.

    Y entonces me pregunté:

    Hace unos días, mi cuerpo me habló.

    No fue con palabras, claro. Fue con molestias, con un estómago sensible que no encontraba paz, con una sensación interna que gritaba: “bájale al ritmo”.

    Y aunque al principio me resistí, hoy lo veo distinto.

    Tal vez no me estaba castigando.

    Tal vez solo estaba… avisando.

    Recordé entonces otros momentos:

    La prueba de espirometría que me alertó sobre la necesidad de hacer más cardio.

    Las emociones atravesando el cuerpo como oleajes que no se pueden ignorar.

    Los días de tensión acumulada que se reflejan sin permiso en la digestión, en la piel, en el ánimo.

    Hoy caminé sin ganas, lo confieso.

    Pero caminé. Entrené. Me moví.

    Y mientras lo hacía, sentí una claridad emocional que no venía de la mente, sino del cuerpo mismo.

    Como si me dijera: “Gracias. Era esto.”

    Y entonces volví a pensar en mi café.

    No sé cómo me sentiré mañana.

    No sé si tendré la misma fuerza para elegir lo que hoy elegí.

    Pero hoy, sí. Hoy escuché. Hoy respondí con ternura.

    Y mientras escribo esto, con esa única taza al lado, pienso:

    Quizás la clave está en eso:

    No vivir el proceso desde el agobio, sino desde la oportunidad.

    Un día a la vez.

    Una taza a la vez.

    Una decisión de amor a la vez.

    Yuli R.

  • El sentido no siempre se entiende, pero siempre se siente

    Comenzó temprano, con la mente abierta y el corazón dispuesto, en una conferencia donde grandes voces hablaban sobre el nuevo rumbo que está tomando el mundo empresarial. Ya no solo se trata de producir más, ni de alcanzar metas económicas. Ahora, en el centro de todo, está el ser humano. El bienestar. La pregunta profunda que cada vez resuena más fuerte:

    Escuché hablar de propósito, de equilibrio, de la necesidad de que las personas sientan que su vida laboral también nutre su existencia personal. Y mientras los escuchaba, algo dentro de mí decía en silencio:

    «Esto es. Esto es lo que siempre he querido construir.»


    Horas después, como si el día quisiera regalarme un cierre perfecto, recibí un correo de la pasante que recientemente estuvo con nosotros en la empresa.

    Sus palabras fueron simples, pero profundamente emotivas. Agradecía la oportunidad, pero sobre todo, agradecía haberse sentido en familia. Ví en sus líneas algo mucho más grande que un simple «gracias»:

    Sentirse parte. Sentirse vista. Sentirse cuidada.

    Y me detuve. Porque justo eso era lo que había escuchado en la conferencia horas antes: que las personas no solo buscan un trabajo; buscan sentido.


    Y aquí es donde todo se enlaza y se vuelve reflexión:

    ¿Qué realmente da sentido? ¿Es lo que entendemos? ¿O es lo que sentimos?


    Quizá siempre hemos estado buscando sentido.
    Quizá simplemente ahora nos atrevemos a hablar más de ello.
    Quizá es un anhelo antiguo en el corazón humano que por fin está encontrando espacio para ser nombrado.

    Yo no lo sé con certeza.

    Lo que sé es lo que sentí ayer: que el sentido aparece cuando lo que hacemos toca la vida de otros de forma genuina. Cuando alguien, aunque sea una persona, se siente acompañado, valorado, sostenido.


    El sentido no siempre se entiende.
    Pero cuando llega… siempre se siente.

    Y quizá de eso se trata este camino que estoy recorriendo: de seguir haciendo lo que nace, aunque no siempre haya respuestas inmediatas. De sembrar, aunque no siempre vea la flor abrirse. De confiar, aunque no siempre entienda cómo.

    Con el alma en la mano,
    Yuli R.

  • 🌿 Cosas que aprendí cuando bajó el número

    Una historia sobre crear sin medir, sembrar sin contar, y permanecer fiel a lo que nace del alma.


    Hace unos días, me descubrí revisando las estadísticas del canal de Your Radiance. Sin buscarlo, sin pensarlo demasiado. Y al ver que algunas personas se habían ido, sentí una punzada sutil, como una brisa fría rozando la llama de algo que hago desde el alma.

    Y entonces lo comprendí:

    Lo que duele no es el número.

    Lo que duele es que, a veces, confundimos el número con el valor.


    Yo no creé Your Radiance para contar personas.

    Lo creé para compartir luz. Para expresar lo que a mí me sana. Para sembrar palabras que, si resuenan con alguien, lo acompañen en su camino.

    Pero claro… cuando algo nace tan desde dentro, una parte de ti quiere protegerlo. Quiere que guste. Quiere que permanezca.

    Es natural. Es humano.

    Pero no debe gobernarte.


    Hace años, antes de que este espacio existiera, yo también compartía mensajes. Frases. Reflexiones.

    Y un día dejé de hacerlo.

    ¿Por qué? Porque sentía que nadie respondía. Nadie daba feedback.

    Y en mi mente, eso significaba que a nadie le importaba.

    Hoy lo veo diferente:

    Que alguien no reaccione, no significa que no lo recibió.

    Y que yo no tengo que condicionar lo que nace en mí al aplauso del otro.

    No vine a complacer. Vine a compartir.

    No vine a acumular aplausos. Vine a ser coherente con mi verdad.


    Ese día, después de ese pequeño nudo en el pecho, me hice nuevas preguntas:

    Y entonces lo sentí claro:

    ✨ Estoy sembrando, no contando. ✨


    Y eso está bien.

    Algunos se van porque ya florecieron.

    Otros porque no era su momento.

    Algunos porque simplemente no conectaron.

    Vine a decir lo que me brota, no lo que complace.


    Desde ese día, me recordé a mí misma:

    Porque lo que yo busco no es llenar un canal.

    Es sostener un mensaje.

    No es viralidad. Es verdad.

    No es aprobación. Es autenticidad.


    …estás creando desde el alma y a veces te duele cuando no ves “resultados”, quédate con esto:

    Tú no estás fallando.

    Estás floreciendo en un mundo que aún mide con números

    lo que solo el alma puede valorar.

    Yuli R.