
Ayer me desperté un poco cansada. Había tenido un sábado bastante movido, y llevo varios días con una sensación extraña de desubicación.
El asunto es que quería caminar.
O, por lo menos, una parte de mí quería hacerlo.
Porque otra parte decía que estaba cansada y que perfectamente podía quedarme tranquila. Y ahí apareció una conversación que conozco bastante bien: quiero hacer algo, pero al mismo tiempo no quiero; pienso que me hará bien, pero mi cuerpo parece decirme otra cosa; una parte de mí intenta convencer a la otra y, en algún punto en medio de todo eso, tengo que decidir.
Entonces me hice una pregunta que todavía no sé responder:
¿Será que vivimos los seres humanos negociando constantemente con nosotros mismos… o simplemente yo tengo una asamblea particularmente activa dentro de mi cabeza?
No salí inmediatamente. Preparé mi desayuno, me tomé mi café y dejé pasar un rato. Después me levanté y caminé. Lo curioso es que terminé haciendo cuarenta y cinco minutos, incluso más de lo que había pensado inicialmente.
Podría contar la historia diciendo que «le gané a mi mente», que vencí la pereza y que la disciplina se impuso.
Pero no estoy segura de que eso sea lo que ocurrió.
Y precisamente ahí comenzó mi verdadera reflexión.
¿A qué fue exactamente a lo que le gané?
Porque aquella primera sensación de cansancio también era mía. No era un enemigo externo tratando de sabotearme. Era una voz, también mía, que probablemente tenía algo que decirme.
Quizás mi cuerpo estaba registrando una semana intensa. Quizás había algo de cansancio real y algo de resistencia a empezar. O quizás estoy intentando encontrar demasiadas explicaciones para algo tan sencillo como que algunas mañanas uno tiene menos ganas que otras.
No lo sé.
Pero me quedé pensando en cuántas veces interpreto estas conversaciones internas como una batalla. Una voz quiere descansar, otra quiere moverse. Una piensa en lo que me conviene a largo plazo, otra parece preocuparse solamente por cómo me siento en ese instante.
Entonces aparece una pregunta que me interesa mucho más que saber cuál de las dos «ganó»:
¿Cómo sé a cuál escuchar?
Porque tampoco quisiera convertir la disciplina en una forma de ignorarme. Hay días en los que quizás descansar sea precisamente la decisión más sensata. Pero tampoco quiero utilizar cada incomodidad como argumento para evitar aquello que sé que, muchas veces, me hace bien.
¿Cómo distinguir una cosa de la otra?
Quizás por eso cada vez me interesa más ese pequeño espacio que existe entre lo que pienso y lo que hago.
El pensamiento aparece sin pedir permiso: «no quiero», «estoy cansada», «déjalo para mañana». Pero después existe otro momento, quizás muy breve, en el que puedo observar lo que estoy pensando y preguntarme si quiero actuar desde ahí.
No siempre lo consigo. Tampoco sé si se trata de conseguirlo.
Tal vez la cuestión no sea aprender a dominar todas nuestras voces, sino empezar a conocerlas. Saber cuáles aparecen cuando verdaderamente necesitamos cuidarnos, cuáles surgen cuando algo nos da miedo, cuáles buscan comodidad y cuáles nos recuerdan algo que para nosotros es importante.
Ayer terminé caminando cuarenta y cinco minutos y me sentí muy bien.
Otro día quizás la misma conversación termine conmigo quedándome en casa.
Y eso me lleva a pensar que quizás la respuesta no esté en establecer una regla, sino en aprender a escuchar esa conversación sin pelear inmediatamente con ella.
Quizás ahí, justo ahí, es donde uno empieza a conocerse un poco mejor.
Con amor,
YR | Your Radiance
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