
Hay una frase que probablemente hemos escuchado más de una vez:
«Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde.»
Siempre me ha parecido una de esas expresiones que repetimos con cierta facilidad, quizás porque reconocemos algo de verdad en ella. Sin embargo, últimamente me encontré haciéndome una pregunta un poco distinta.
¿Necesitamos realmente perder algo para descubrir cuánto significa para nosotros?
No estoy tan segura.
Quizás haya algo que ocurre antes de la pérdida y que merece ser observado. Ese instante en el que algo que parecía seguro deja de parecerlo.
Cuando aparece la posibilidad de que una realidad cambie, una oportunidad desaparezca, una relación termine, una capacidad se vea limitada o aquello que considerábamos estable simplemente deje de sentirse tan estable.
Y entonces algo se mueve.
No necesariamente afuera.
En nosotros.
Aquello que estaba ahí adquiere otra dimensión.
Y me resulta curioso pensar que podamos querer algo y, aun así, no conocer completamente cuánto lo queremos.
Porque solemos asumir que querer debería ser suficientemente evidente. Si algo me importa, debería saber cuánto me importa. Si deseo algo, debería conocer la intensidad de ese deseo. Pero no estoy segura de que nuestro mundo interior funcione siempre de una manera tan transparente.
Podemos disfrutar una relación sin habernos preguntado qué lugar ocupa verdaderamente en nuestra vida.
Podemos amar nuestro trabajo y no saber qué parte de nosotros habita en él.
Podemos valorar nuestra independencia sin haber dimensionado lo que significaría verla limitada.
Podemos tener proyectos, vínculos, capacidades, sueños y posibilidades que consideramos importantes y, sin embargo, nunca haber intentado medir cuánto.
Quizás porque no necesitamos hacerlo.
Mientras algo permanece relativamente estable, pareciera no existir ninguna razón para interrogarlo. Está ahí. Y nosotros también.
Hasta que algo se tambalea.
Entonces aparecen preguntas que quizás nunca habíamos necesitado formular.
¿Qué significaría para mí perder esto?
¿Qué parte de mi vida cambiaría?
¿Qué descubriría de mí si dejara de tenerlo?
¿Es importante para mí, o simplemente estoy acostumbrada a que esté?
Y también, quizás la más desconcertante de todas:
¿Podría estar queriendo algo mucho más de lo que hasta ahora he sido capaz de reconocer?
Tal vez ahí haya algo interesante.
Porque saber que algo es importante no necesariamente significa haber dimensionado su importancia. Y decir «esto lo quiero» tampoco necesariamente responde cuánto.
Quizás por eso la posibilidad de perder tenga una capacidad tan particular para revelarnos cosas. No necesariamente porque tengamos que perder para valorar. Tal vez porque, cuando algo se tambalea, desaparece por un momento la familiaridad con la que lo mirábamos.
Dejamos de verlo como parte del paisaje.
Y comenzamos a verlo.
Entonces vuelvo al refrán:
«Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde.»
¿Y si no fuera exactamente así?
¿Y si algunas veces sí sabemos lo que tenemos, pero no conocemos completamente lo que eso representa para nosotros?
Es posible que sepamos perfectamente lo que tenemos, que lo cuidemos, que lo disfrutemos y hasta que reconozcamos su valor. Lo que quizá desconocemos es hasta dónde llega ese valor dentro de nosotros.
Y esa diferencia me parece importante.
Pero entonces aparece otra pregunta que me interesa todavía más:
¿Tenemos que esperar necesariamente a que algo se tambalee para descubrirlo?
No pienso en vivir anticipando pérdidas. Tampoco en recorrer nuestra vida imaginando constantemente cómo sería si desapareciera todo aquello que amamos. Convertir la incertidumbre en una práctica permanente probablemente nos alejaría precisamente de la posibilidad de disfrutar lo que está presente.
Pienso en algo mucho más sencillo.
En la capacidad de hacernos, de vez en cuando, preguntas que nos permitan observar lo conocido desde otro lugar.
¿Qué de todo lo que hoy forma parte de mi vida tiene un valor que todavía no he dimensionado?
¿Qué deseo conozco, pero quizás no en toda su profundidad?
¿Qué considero importante simplemente porque lo es, y qué es importante porque verdaderamente lo he elegido?
¿Qué descubriría si mirara por un instante lo cotidiano como si no estuviera garantizado?
No para provocar una respuesta determinada, sino precisamente para descubrir cuál aparece.
Y quizás ahí esté una de las posibilidades más interesantes de preguntar.
Una buena pregunta no necesariamente viene a cambiar aquello que pensamos. Tampoco tiene que conducirnos a una decisión o producir una gran revelación.
A veces puede hacer algo mucho más pequeño y, al mismo tiempo, profundamente valioso: mostrarnos una parte de nosotros que hasta ese momento no habíamos tenido necesidad de mirar.
Por eso ya no estoy tan segura de aquella frase con la que comencé.
Quizás algunas veces sí descubramos el valor de algo cuando lo perdemos. Habrá experiencias cuya verdadera dimensión posiblemente solo podamos conocer al vivirlas.
Pero eso no significa que tengamos que esperar siempre hasta entonces para intentar conocernos un poco más.
Tal vez podamos aprender a mirar mientras todavía está.
A reconocer mientras todavía podemos disfrutar.
Y, sobre todo, a preguntarnos mientras la pregunta todavía nace de la curiosidad y no de la ausencia.
Porque quizás haya cosas sobre nosotros mismos que no desconocemos porque estén escondidas en algún lugar inaccesible, sino simplemente porque nunca nos hemos hecho la pregunta capaz de revelarlas.
Y entonces me queda una última:
¿Qué descubriríamos de nosotros mismos si aprendiéramos a preguntarnos antes?
Con amor,
YR | Your Radiance
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