Your Radiance

Cuando empezamos a escucharnos distinto

Esta mañana me senté temprano con mi taza de café, probando algo nuevo: café con cacao amargo.

El primer sorbo me sorprendió. Era intenso, más fuerte de lo que esperaba. De esos sabores que uno no entiende del todo al principio… pero que, cuando los toma despacio, empiezan a revelar matices distintos.

Y mientras me quedaba ahí, en silencio, algo en ese sabor me hizo pensar en esta etapa donde uno empieza a escucharse distinto. El cuerpo. La mente. Los días.

Porque hay cosas que antes pasaban desapercibidas… y que ahora empiezan a percibirse de otra manera.

Lo he ido notando despacio. También en las conversaciones con mis hermanos. Estamos en etapas distintas, con vidas distintas, y aun así… hay algo que todos hemos empezado a notar.

El cuerpo ya no responde igual.

No de una forma trágica. Ni dramática. Solo… distinta.

Hay días donde la energía pide otro ritmo. Donde dormir bien se siente más importante. Donde el ruido agota más rápido. Donde la paz deja de sentirse como un lujo… y empieza a sentirse como una necesidad real.

Y mientras pensaba en eso, me hice una pregunta que se quedó conmigo toda la mañana:

¿Por qué nadie nos enseña a mirar estas etapas con más ternura?

Porque pareciera que crecer viniera acompañado de resistencia. Como si notar cambios significara perder valor. Como si necesitar más calma fuera «apagarse».

Pero honestamente… hoy no lo siento así.

Siento que hay algo profundamente humano en empezar a escucharnos distinto.

No desde el miedo. No desde la pelea con el tiempo. Sino desde el respeto.

Respeto hacia un cuerpo que nos ha acompañado incluso en nuestros peores días. Hacia una mente que ha sostenido más de lo que muchas veces reconocemos. Hacia una versión nuestra que quizás ya no necesita correr igual que antes para sentirse suficiente.

Y quizás por eso hay cosas que antes tolerábamos y ahora nos drenan. Conversaciones que antes seguíamos por horas y hoy nos cansan. Lugares que antes nos emocionaban y ahora nos saturan. Y momentos simples —un café tranquilo, una mañana lenta, una conversación genuina— que hoy se sienten como hogar.

Y no sé…

Tal vez parte de madurar también sea dejar de exigirnos ser exactamente quienes éramos hace diez años.

Porque incluso la naturaleza cambia de ritmo. Los árboles sueltan sus hojas sin pedir permiso. El mar se retira para volver distinto.

¿Por qué nosotros tendríamos que permanecer intactos?

Y mientras terminaba mi café esta mañana, entendí algo que se sintió suave por dentro:

quizás crecer no es alejarnos de quienes fuimos…

quizás es aprender nuevas formas de habitarnos

Y R.

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