Your Radiance

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  • ¿Conocemos realmente la dimensión de nuestros deseos?

    Hay una frase que probablemente hemos escuchado más de una vez:

    «Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde.»

    Siempre me ha parecido una de esas expresiones que repetimos con cierta facilidad, quizás porque reconocemos algo de verdad en ella. Sin embargo, últimamente me encontré haciéndome una pregunta un poco distinta.

    ¿Necesitamos realmente perder algo para descubrir cuánto significa para nosotros?

    No estoy tan segura.

    Quizás haya algo que ocurre antes de la pérdida y que merece ser observado. Ese instante en el que algo que parecía seguro deja de parecerlo.

    Cuando aparece la posibilidad de que una realidad cambie, una oportunidad desaparezca, una relación termine, una capacidad se vea limitada o aquello que considerábamos estable simplemente deje de sentirse tan estable.

    Y entonces algo se mueve.

    No necesariamente afuera.

    En nosotros.

    Aquello que estaba ahí adquiere otra dimensión.

    Y me resulta curioso pensar que podamos querer algo y, aun así, no conocer completamente cuánto lo queremos.

    Porque solemos asumir que querer debería ser suficientemente evidente. Si algo me importa, debería saber cuánto me importa. Si deseo algo, debería conocer la intensidad de ese deseo. Pero no estoy segura de que nuestro mundo interior funcione siempre de una manera tan transparente.

    Podemos disfrutar una relación sin habernos preguntado qué lugar ocupa verdaderamente en nuestra vida.

    Podemos amar nuestro trabajo y no saber qué parte de nosotros habita en él.

    Podemos valorar nuestra independencia sin haber dimensionado lo que significaría verla limitada.

    Podemos tener proyectos, vínculos, capacidades, sueños y posibilidades que consideramos importantes y, sin embargo, nunca haber intentado medir cuánto.

    Quizás porque no necesitamos hacerlo.

    Mientras algo permanece relativamente estable, pareciera no existir ninguna razón para interrogarlo. Está ahí. Y nosotros también.

    Hasta que algo se tambalea.

    Entonces aparecen preguntas que quizás nunca habíamos necesitado formular.

    ¿Qué significaría para mí perder esto?

    ¿Qué parte de mi vida cambiaría?

    ¿Qué descubriría de mí si dejara de tenerlo?

    ¿Es importante para mí, o simplemente estoy acostumbrada a que esté?

    Y también, quizás la más desconcertante de todas:

    ¿Podría estar queriendo algo mucho más de lo que hasta ahora he sido capaz de reconocer?

    Tal vez ahí haya algo interesante.

    Porque saber que algo es importante no necesariamente significa haber dimensionado su importancia. Y decir «esto lo quiero» tampoco necesariamente responde cuánto.

    Quizás por eso la posibilidad de perder tenga una capacidad tan particular para revelarnos cosas. No necesariamente porque tengamos que perder para valorar. Tal vez porque, cuando algo se tambalea, desaparece por un momento la familiaridad con la que lo mirábamos.

    Dejamos de verlo como parte del paisaje.

    Y comenzamos a verlo.

    Entonces vuelvo al refrán:

    «Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde.»

    ¿Y si no fuera exactamente así?

    ¿Y si algunas veces sí sabemos lo que tenemos, pero no conocemos completamente lo que eso representa para nosotros?

    Es posible que sepamos perfectamente lo que tenemos, que lo cuidemos, que lo disfrutemos y hasta que reconozcamos su valor. Lo que quizá desconocemos es hasta dónde llega ese valor dentro de nosotros.

    Y esa diferencia me parece importante.

    Pero entonces aparece otra pregunta que me interesa todavía más:

    ¿Tenemos que esperar necesariamente a que algo se tambalee para descubrirlo?

    No pienso en vivir anticipando pérdidas. Tampoco en recorrer nuestra vida imaginando constantemente cómo sería si desapareciera todo aquello que amamos. Convertir la incertidumbre en una práctica permanente probablemente nos alejaría precisamente de la posibilidad de disfrutar lo que está presente.

    Pienso en algo mucho más sencillo.

    En la capacidad de hacernos, de vez en cuando, preguntas que nos permitan observar lo conocido desde otro lugar.

    ¿Qué de todo lo que hoy forma parte de mi vida tiene un valor que todavía no he dimensionado?

    ¿Qué deseo conozco, pero quizás no en toda su profundidad?

    ¿Qué considero importante simplemente porque lo es, y qué es importante porque verdaderamente lo he elegido?

    ¿Qué descubriría si mirara por un instante lo cotidiano como si no estuviera garantizado?

    No para provocar una respuesta determinada, sino precisamente para descubrir cuál aparece.

    Y quizás ahí esté una de las posibilidades más interesantes de preguntar.

    Una buena pregunta no necesariamente viene a cambiar aquello que pensamos. Tampoco tiene que conducirnos a una decisión o producir una gran revelación.

    A veces puede hacer algo mucho más pequeño y, al mismo tiempo, profundamente valioso: mostrarnos una parte de nosotros que hasta ese momento no habíamos tenido necesidad de mirar.

    Por eso ya no estoy tan segura de aquella frase con la que comencé.

    Quizás algunas veces sí descubramos el valor de algo cuando lo perdemos. Habrá experiencias cuya verdadera dimensión posiblemente solo podamos conocer al vivirlas.

    Pero eso no significa que tengamos que esperar siempre hasta entonces para intentar conocernos un poco más.

    Tal vez podamos aprender a mirar mientras todavía está.

    A reconocer mientras todavía podemos disfrutar.

    Y, sobre todo, a preguntarnos mientras la pregunta todavía nace de la curiosidad y no de la ausencia.

    Porque quizás haya cosas sobre nosotros mismos que no desconocemos porque estén escondidas en algún lugar inaccesible, sino simplemente porque nunca nos hemos hecho la pregunta capaz de revelarlas.

    Y entonces me queda una última:

    ¿Qué descubriríamos de nosotros mismos si aprendiéramos a preguntarnos antes?

    Con amor,

    YR | Your Radiance

  • ¿A cuál de mis voces escucho?

    Ayer me desperté un poco cansada. Había tenido un sábado bastante movido, y llevo varios días con una sensación extraña de desubicación.

    El asunto es que quería caminar.

    O, por lo menos, una parte de mí quería hacerlo.

    Porque otra parte decía que estaba cansada y que perfectamente podía quedarme tranquila. Y ahí apareció una conversación que conozco bastante bien: quiero hacer algo, pero al mismo tiempo no quiero; pienso que me hará bien, pero mi cuerpo parece decirme otra cosa; una parte de mí intenta convencer a la otra y, en algún punto en medio de todo eso, tengo que decidir.

    Entonces me hice una pregunta que todavía no sé responder:

    ¿Será que vivimos los seres humanos negociando constantemente con nosotros mismos… o simplemente yo tengo una asamblea particularmente activa dentro de mi cabeza?

    No salí inmediatamente. Preparé mi desayuno, me tomé mi café y dejé pasar un rato. Después me levanté y caminé. Lo curioso es que terminé haciendo cuarenta y cinco minutos, incluso más de lo que había pensado inicialmente.

    Podría contar la historia diciendo que «le gané a mi mente», que vencí la pereza y que la disciplina se impuso.

    Pero no estoy segura de que eso sea lo que ocurrió.

    Y precisamente ahí comenzó mi verdadera reflexión.

    ¿A qué fue exactamente a lo que le gané?

    Porque aquella primera sensación de cansancio también era mía. No era un enemigo externo tratando de sabotearme. Era una voz, también mía, que probablemente tenía algo que decirme.

    Quizás mi cuerpo estaba registrando una semana intensa. Quizás había algo de cansancio real y algo de resistencia a empezar. O quizás estoy intentando encontrar demasiadas explicaciones para algo tan sencillo como que algunas mañanas uno tiene menos ganas que otras.

    No lo sé.

    Pero me quedé pensando en cuántas veces interpreto estas conversaciones internas como una batalla. Una voz quiere descansar, otra quiere moverse. Una piensa en lo que me conviene a largo plazo, otra parece preocuparse solamente por cómo me siento en ese instante.

    Entonces aparece una pregunta que me interesa mucho más que saber cuál de las dos «ganó»:

    ¿Cómo sé a cuál escuchar?

    Porque tampoco quisiera convertir la disciplina en una forma de ignorarme. Hay días en los que quizás descansar sea precisamente la decisión más sensata. Pero tampoco quiero utilizar cada incomodidad como argumento para evitar aquello que sé que, muchas veces, me hace bien.

    ¿Cómo distinguir una cosa de la otra?

    Quizás por eso cada vez me interesa más ese pequeño espacio que existe entre lo que pienso y lo que hago.

    El pensamiento aparece sin pedir permiso: «no quiero», «estoy cansada», «déjalo para mañana». Pero después existe otro momento, quizás muy breve, en el que puedo observar lo que estoy pensando y preguntarme si quiero actuar desde ahí.

    No siempre lo consigo. Tampoco sé si se trata de conseguirlo.

    Tal vez la cuestión no sea aprender a dominar todas nuestras voces, sino empezar a conocerlas. Saber cuáles aparecen cuando verdaderamente necesitamos cuidarnos, cuáles surgen cuando algo nos da miedo, cuáles buscan comodidad y cuáles nos recuerdan algo que para nosotros es importante.

    Ayer terminé caminando cuarenta y cinco minutos y me sentí muy bien.

    Otro día quizás la misma conversación termine conmigo quedándome en casa.

    Y eso me lleva a pensar que quizás la respuesta no esté en establecer una regla, sino en aprender a escuchar esa conversación sin pelear inmediatamente con ella.

    Quizás ahí, justo ahí, es donde uno empieza a conocerse un poco mejor.

    Con amor,

    YR | Your Radiance

  • La frase que salió sola

    Hace unos días, mientras compartíamos una tarde cualquiera, una de mis sobrinas —ya casi una mujer— empezó a llorar. No era una situación grave. Al menos, no desde mi mirada de adulta.

    Y, casi sin pensarlo, le dije:

    —No llores por eso.

    La frase salió tan rápido que ni siquiera tuve tiempo de elegirla. Simplemente apareció, como si llevara mucho tiempo esperando el momento justo.

    Apenas la escuché salir de mi boca, algo dentro de mí se detuvo.

    Me quedé unos segundos en silencio. No sé si ella lo notó. Pero yo sí. Porque no fue la frase en sí lo que me detuvo. Fue descubrir que no la había elegido conscientemente. Había salido a través de mí, como si hubiera estado esperando ese momento para volver a existir.

    ¿Por qué, en lugar de preguntarle qué estaba sintiendo, intenté que dejara de llorar?

    No fue una pregunta sobre ella.

    Fue una pregunta sobre mí.

    Durante los días siguientes, esa frase siguió acompañándome. Cuando conducía. Cuando me tomaba mi café en la mañana. Cuando me quedaba pensando antes de dormir. Y, poco a poco, empecé a ver algo que nunca había mirado con tanta claridad.

    Quizás muchas de las frases que decimos no nacen realmente de una decisión consciente. Son palabras que un día escuchamos tantas veces que terminaron convirtiéndose en nuestra manera natural de responder. No para hacer daño. Simplemente porque era la única forma que conocíamos.

    Y ahí, en silencio, me hice otra pregunta.

    ¿Y si, cuando alguien llora, no siempre necesita que le enseñemos a dejar de hacerlo? ¿Y si, algunas veces, lo único que necesita es sentir que alguien está dispuesto a quedarse a su lado el tiempo suficiente para entender qué está pasando dentro?

    No tengo una respuesta definitiva.

    Solo sé que, si pudiera volver a vivir ese momento, probablemente me sentaría a su lado, respiraría con ella y le diría algo muy distinto.

    Le preguntaría:

    —Cuéntame… ¿qué sentiste?

    Y mientras escribo estas palabras, descubro algo que se siente suave por dentro. Quizás esa pregunta no era solamente para ella. Tal vez también era una pregunta que una parte de mí —una parte muy pequeña, muy antigua— llevaba muchos años esperando escuchar.

    Y creo que ahí está una de las cosas más silenciosas de crecer. Que crecer no siempre consiste en aprender cosas nuevas. Que, a veces, consiste en detenernos lo suficiente para descubrir de dónde vienen nuestras primeras respuestas… y preguntarnos, con cariño, si todavía queremos que sean ellas las que sigan hablando por nosotros.

    Con amor,

    YR | Your Radiance

  • La noche en que dejé de buscar más… y empecé a confiar

    Hay conversaciones que uno no tiene con nadie más.

    No porque sean un secreto, sino porque solo aparecen cuando el silencio es suficiente para escucharlas. Son esas conversaciones que llegan al final del día, cuando ya no queda nada por hacer y, sin embargo, la mente insiste en seguir buscando algo más. A veces una respuesta. A veces una certeza. A veces, simplemente, un poco de calma.

    La mía llegó pocos días antes de una presentación que llevaba semanas preparando. Había estudiado con disciplina, había leído más de una vez el material, había tomado notas, practicado y vuelto a practicar. Si alguien me hubiera preguntado objetivamente si estaba lista, probablemente habría respondido que sí. El problema era que mi tranquilidad no dependía de lo que objetivamente había hecho. Dependía de una sensación mucho más difícil de explicar: la de creer que todavía me faltaba algo.

    Recuerdo que esa noche abrí nuevamente mis apuntes. Al principio pensé que estaba repasando una vez más el contenido, pero después de un rato me di cuenta de que ya no estaba estudiando. Mis ojos recorrían las páginas, pero mi atención estaba en otro lugar. Lo que realmente estaba intentando encontrar era esa sensación de seguridad que, ingenuamente, creía que aparecería si me preparaba un poco más.

    Fue entonces cuando me hice una pregunta que nunca antes me había formulado.

    ¿Cómo se siente una persona cuando ya está preparada, pero todavía no consigue creerlo?

    No intenté responderla enseguida. Me quedé un rato acompañándola, porque sentí que había algo importante escondido detrás de ella. ¿Cuántas veces confundimos preparación con confianza? ¿Cuántas veces seguimos acumulando conocimiento cuando, en realidad, lo que nos hace falta no es aprender más, sino empezar a reconocer todo lo que ya hemos aprendido? ¿En qué momento dejamos de prepararnos porque queremos comprender y empezamos a hacerlo porque tenemos miedo?

    Y ahí, en silencio, comprendí algo que me descolocó.

    No se trataba de cuánto más podía revisar. Se trataba de por qué me costaba tanto confiar en el trabajo que ya había hecho.

    Fue así como apareció la pregunta que terminó acompañándome durante los días siguientes.

    ¿Qué pasaría si confío en todo el trabajo que ya hice?

    Lo que más me sorprendió fue que esa pregunta no intentó tranquilizarme. No me prometió que todo saldría bien. No hizo desaparecer los nervios ni me convenció de que nada podía salir mal. Simplemente me invitó a mirar en otra dirección. Hasta ese momento había puesto toda mi atención en aquello que todavía podía fallar. Esa pregunta, en cambio, me llevó hacia todo lo que ya existía: las horas de estudio, las madrugadas, las veces que decidí seguir cuando nadie me veía, el esfuerzo silencioso que había ido construyendo una preparación mucho más sólida de lo que yo misma era capaz de reconocer.

    Quizás por eso con el tiempo entendí que hay temores que no desaparecen porque les dediquemos más horas. Hay momentos en los que seguir haciendo ya no aporta claridad; solo prolonga la sensación de que todavía no somos suficientes.

    El día de la presentación llegó y, para mi sorpresa, los nervios seguían allí. Pero ya no ocupaban todo el espacio. Habían dejado de dirigir la conversación. Cuando empecé a hablar sentí algo que todavía hoy me cuesta explicar. Las ideas aparecían con naturalidad, no porque las hubiera memorizado a la perfección, sino porque, en algún momento de aquellas semanas, habían dejado de estar solamente en mis apuntes para empezar a formar parte de mí. Por primera vez no tuve la sensación de estar intentando demostrar cuánto sabía. Sentí, más bien, que estaba compartiendo algo que ya habitaba dentro de mí.

    Al terminar recibí comentarios muy bonitos, pero, mientras recogía mis cosas, comprendí que la mayor recompensa no estaba allí. Lo más valioso había ocurrido mucho antes, aquella noche en la que cerré el cuaderno y dejé de buscar desesperadamente una seguridad que ningún libro podía ofrecerme.

    Vuelvo muchas veces a esa conversación, no porque piense en aquella presentación, sino porque me recuerda algo que también aparece en otros momentos de la vida. Quizás, sin darnos cuenta, la confianza lleva mucho tiempo construyéndose en silencio, esperando únicamente que nos atrevamos a reconocerla.

    Porque hay ocasiones en las que el acto más valiente no consiste en seguir preparándonos.

    Consiste en confiar, por fin, en la persona que ese esfuerzo ya construyó.

    Y. R.

  • ¿A qué estamos realmente apegados?

    Pensé que la conversación era sobre café.

    Resultó ser sobre apego.

    Hace poco me recomendaron reducir el café. Una sugerencia sencilla, razonable e incluso beneficiosa para mi salud. Pero cuando escuché esa recomendación, algo dentro de mí reaccionó. No fue rebeldía ni resistencia. Fue una sensación difícil de explicar, como si alguien hubiera tocado algo más profundo que una bebida.

    Porque, siendo honesta, nunca sentí que estuviera defendiendo el café. Lo que sentía que estaba defendiendo era otra cosa.

    Y ahí comenzó una pregunta que me acompañó durante toda la mañana: ¿a qué estaba realmente apegada?

    Durante años escuché hablar del apego como si fuera algo que debiéramos evitar, como si el simple hecho de apegarnos a algo fuera un problema. Pero mientras observaba mi propia reacción, empecé a sospechar que la conversación era más compleja de lo que parecía.

    Porque si mañana desapareciera el café de mi rutina, ¿qué sería exactamente lo que extrañaría? ¿El sabor? ¿La cafeína? ¿La taza? ¿O aquello que sucede dentro de mí durante esos minutos?

    Mientras seguía tirando del hilo, me di cuenta de algo. Tal vez no estaba apegada al café. Tal vez estaba apegada al ritual, a la calma, a la sensación de comenzar el día conmigo antes de que el mundo empezara a pedirme cosas. Tal vez estaba apegada a ese pequeño espacio donde no soy gerente, estudiante, líder ni responsable de nada. Solo soy yo.

    Y entonces apareció otra pregunta, una más incómoda.

    ¿Y si aquello que nos cuesta soltar no fuera la cosa en sí, sino lo que representa para nosotros?

    Esa idea me llevó por un camino inesperado. Quizás no nos aferramos a una persona, sino a cómo nos sentimos cuando estamos con ella. Quizás no nos aferramos a una etapa, sino a quiénes éramos dentro de ella. Quizás no nos aferramos a un lugar, sino a los recuerdos que viven allí. Y quizás, muchas veces, confundimos aquello que amamos con la experiencia que vivimos a través de ello.

    De repente, el apego dejó de parecerme un enemigo. Empezó a parecerse más a una pista. Una ventana. Una forma de descubrir qué es lo que realmente valoramos.

    Porque tal vez el problema no sea amar algo profundamente. Tal vez el problema aparece cuando olvidamos que la esencia de aquello que amamos puede adoptar nuevas formas.

    Quizás mi café de las cinco de la mañana tenga que transformarse. Quizás una taza de té ocupe su lugar por un tiempo. Quizás cambie la bebida. Pero no necesariamente tiene que desaparecer la calma, ni el ritual, ni ese encuentro conmigo misma al comenzar el día.

    Y esa idea me resultó profundamente reconfortante, porque me recordó que algunas cosas pueden cambiar sin que perdamos lo que realmente importa.

    Y curiosamente, todo empezó con una taza de café a las cinco de la mañana.

    Y. R.

  • Cuando empezamos a escucharnos distinto

    Esta mañana me senté temprano con mi taza de café, probando algo nuevo: café con cacao amargo.

    El primer sorbo me sorprendió. Era intenso, más fuerte de lo que esperaba. De esos sabores que uno no entiende del todo al principio… pero que, cuando los toma despacio, empiezan a revelar matices distintos.

    Y mientras me quedaba ahí, en silencio, algo en ese sabor me hizo pensar en esta etapa donde uno empieza a escucharse distinto. El cuerpo. La mente. Los días.

    Porque hay cosas que antes pasaban desapercibidas… y que ahora empiezan a percibirse de otra manera.

    Lo he ido notando despacio. También en las conversaciones con mis hermanos. Estamos en etapas distintas, con vidas distintas, y aun así… hay algo que todos hemos empezado a notar.

    El cuerpo ya no responde igual.

    No de una forma trágica. Ni dramática. Solo… distinta.

    Hay días donde la energía pide otro ritmo. Donde dormir bien se siente más importante. Donde el ruido agota más rápido. Donde la paz deja de sentirse como un lujo… y empieza a sentirse como una necesidad real.

    Y mientras pensaba en eso, me hice una pregunta que se quedó conmigo toda la mañana:

    ¿Por qué nadie nos enseña a mirar estas etapas con más ternura?

    Porque pareciera que crecer viniera acompañado de resistencia. Como si notar cambios significara perder valor. Como si necesitar más calma fuera «apagarse».

    Pero honestamente… hoy no lo siento así.

    Siento que hay algo profundamente humano en empezar a escucharnos distinto.

    No desde el miedo. No desde la pelea con el tiempo. Sino desde el respeto.

    Respeto hacia un cuerpo que nos ha acompañado incluso en nuestros peores días. Hacia una mente que ha sostenido más de lo que muchas veces reconocemos. Hacia una versión nuestra que quizás ya no necesita correr igual que antes para sentirse suficiente.

    Y quizás por eso hay cosas que antes tolerábamos y ahora nos drenan. Conversaciones que antes seguíamos por horas y hoy nos cansan. Lugares que antes nos emocionaban y ahora nos saturan. Y momentos simples —un café tranquilo, una mañana lenta, una conversación genuina— que hoy se sienten como hogar.

    Y no sé…

    Tal vez parte de madurar también sea dejar de exigirnos ser exactamente quienes éramos hace diez años.

    Porque incluso la naturaleza cambia de ritmo. Los árboles sueltan sus hojas sin pedir permiso. El mar se retira para volver distinto.

    ¿Por qué nosotros tendríamos que permanecer intactos?

    Y mientras terminaba mi café esta mañana, entendí algo que se sintió suave por dentro:

    quizás crecer no es alejarnos de quienes fuimos…

    quizás es aprender nuevas formas de habitarnos

    Y R.

  • Siempre estuvimos aquí

    Hoy abrí un libro buscando una reflexión… y terminé encontrándome conmigo misma.

    Estaba buscando El poder del ahora. Sabía que lo tenía guardado entre varios libros y decidí abrirlo temprano en la mañana, en uno de esos momentos silenciosos donde el día todavía no empieza del todo.

    Al abrir la primera página, me encontré con una frase escrita por mí:

    «Lo que decidas hacer, procura que te haga feliz.»

    Y debajo… una fecha: 2017.

    Me quedé mirando la página en silencio. Pasé el dedo por la tinta, como si quisiera comprobar que era real. Y la releí varias veces, despacio, como quien escucha su propia voz llegar desde lejos.

    Porque no fue solo la frase lo que me movió. Fue reconocer que muchas cosas que hoy forman parte de mí ya vivían dentro de mí desde hace años. Mucho antes de entenderlas. Mucho antes de ponerles nombre.

    Creo que eso fue lo que más me estremeció.

    Y mientras seguía mirando la página, recordé a la niña que dejaba notitas para expresar lo que sentía. Quizás esa siempre fue mi manera de habitarme: buscar espacios donde lo que siento pudiera tomar forma, orden y sentido.

    Tal vez por eso hoy me hace tanto bien reflexionar. Porque noto que algo dentro de mí encuentra calma cuando me permito mirar hacia adentro. Cuando algo que estaba disperso finalmente encuentra claridad.

    Poco a poco, muchas cosas empezaron a conectarse.

    Las frases guardadas en cuadernos que ya no recordaba. Los libros subrayados con la urgencia de quien encuentra algo que ya intuía. Mi imagen de perfil desde hace años: una mujer leyendo, acompañada de un café y de su mundo interior.

    Y, en el fondo, la misma necesidad de siempre: buscar profundidad, bienestar y autenticidad.

    Ahí fue cuando todo tomó otra dimensión.

    Porque quizás este espacio no nació el día que decidí darle forma. Quizás llevaba años creciendo silenciosamente dentro de mí. En mi manera de mirar la vida. En las palabras que me acompañaban sin entender todavía por qué me movían tanto. En esa búsqueda constante de sentirme bien conmigo misma.

    A veces creemos que estamos construyéndonos desde cero… cuando quizás llevamos toda una vida convirtiéndonos, poco a poco, en quienes ya éramos.

    Y por eso esta mañana me emocioné tanto.

    Porque, por un instante, sentí que todas mis versiones se encontraron.

    La niña que buscaba formas silenciosas de expresar lo que sentía. La joven que escribió una frase en un libro en 2017 sin imaginar lo que significaría años después. Y la mujer que hoy comprende que, quizás, siempre estuvo caminando hacia este mismo lugar.

    Y, de alguna manera, todas parecían decirme lo mismo:

    «Siempre estuvimos aquí.»

    Y R.

  • Las realidades que postergamos

    Hay cosas que sabemos… pero no miramos

    No fue una decisión grande.

    Ni un momento exacto.

    Fue más bien una sensación que llevaba tiempo ahí: esa certeza silenciosa de saber que había algo que debía mirar, pero que, de alguna forma, siempre encontraba cómo dejar para después.

    “Luego lo veo.”
    “Ahora no es el momento.”
    “Déjame resolver esto primero.”

    Y así, casi sin darme cuenta, los días fueron pasando.

    No era falta de tiempo.
    Tampoco falta de claridad.

    Era algo más difícil de admitir.

    Había una parte de mí que sabía que, si miraba de frente esa realidad, algo tendría que moverse.

    Y quizás eso era lo que más pesaba.

    Porque a veces creemos que estamos evitando una acción, cuando en realidad estamos evitando lo que esa acción nos va a mostrar.

    Un día, sin que ocurriera nada extraordinario, esa idea apareció con más fuerza.

    Tal vez no estoy esperando el momento perfecto, pensé.
    Tal vez estoy evitando el momento incómodo.

    Y reconocerlo tuvo algo de verdad y de incomodidad al mismo tiempo.

    Porque hay cosas que, una vez vistas, ya no pueden volver a esconderse del mismo modo.

    La realidad no cambia porque la pospongamos.
    Solo permanece ahí, discreta pero insistente, hasta que algo nos obliga a prestarle atención.

    A veces es una señal.
    A veces una conversación.
    A veces una incomodidad que crece.
    A veces incluso el cuerpo, que habla cuando uno lleva demasiado tiempo sin escuchar.

    Y entonces hacemos lo que, en el fondo, sabíamos que tocaba hacer.

    No porque de pronto lo entendimos todo.
    Sino porque ya no podemos seguir mirando hacia otro lado.

    Y ahí aparecen preguntas más honestas:

    ¿Será miedo?
    ¿Será resistencia?
    ¿Será que prefiero la tranquilidad momentánea antes que la incomodidad de asumir lo que viene?

    O quizás es algo todavía más profundo:

    ¿será que no quiero hacerme responsable de lo que cambia después de ver la verdad?

    No tengo todas las respuestas.

    Pero sí hay algo que hoy se siente claro: hay realidades que no desaparecen porque las ignoremos.

    Y quizás, más que seguir esperando una señal perfecta, lo que toca es algo más simple y más valiente:

    mirar.

    ✦ Epílogo ✦

    A veces no postergamos la acción…postergamos la verdad que viene con ella.

    Y cuando finalmente decidimos mirar, no siempre encontramos comodidad.

    Pero sí encontramos realidad.

    Y tal vez ese sea el primer paso para dejar de cargar, en silencio, con lo que ya sabíamos.

    Y R.

  • Cuando dejo de tener la razón

    Y empiezo a comprender

    No fue una gran discusión.

    De hecho, desde afuera… ni siquiera parecía importante.

    Pero por dentro, algo se activó.

    Una incomodidad.
    Una molestia que fue creciendo en silencio.

    Esa sensación de “esto no es justo”…
    aunque no siempre sepamos explicarlo.

    Y casi sin darme cuenta, ya estaba ahí:

    interpretando.
    respondiendo.
    defendiéndome.

    Mirando todo desde mi lugar.

    Desde lo que sentí.
    Desde lo que entendí.
    Desde lo que, en ese momento, parecía completamente lógico.

    Y sí… tenía sentido.

    Pero era un sentido que no se movía.
    Un sentido que no cuestionaba,
    que no abría espacio,
    que solo confirmaba lo que yo ya estaba sintiendo.

    Pasó el tiempo.

    No mucho… pero lo suficiente.

    Y con ese pequeño espacio, algo empezó a cambiar.

    No afuera.
    Adentro.

    La intensidad bajó.
    Las palabras dejaron de hacer eco.
    Y lo que antes era tan claro… empezó a sentirse incompleto.

    Y fue ahí donde apareció algo más.

    No una respuesta.

    Sino preguntas.

    ¿Por qué siento tanta necesidad de tener la razón?

    ¿Por qué, cuando algo me incomoda, mi primera reacción es defender mi versión…
    en lugar de intentar comprender la del otro?

    ¿Será que creemos que solo puede existir una verdad?
    ¿O será que cada quien está viendo desde lo que ha vivido, sentido… y aprendido?

    Y entonces apareció una posibilidad distinta.

    No como una conclusión…
    sino como una apertura.

    ¿Y si no se trata de quién tiene la razón?

    ¿Y si no es que uno está bien… y el otro está mal?

    ¿Y si simplemente estamos viendo lo mismo…
    desde lugares distintos?

    Esa idea no llegó de golpe.

    Se fue abriendo… despacio.

    Y con ella, algo empezó a soltarse.

    La necesidad de tener la razón.
    La rigidez de mi versión.
    La urgencia de sostener mi postura.

    Y en ese soltar…
    no hubo pérdida.

    Hubo alivio.

    No porque todo se resolvió.

    Sino porque dejé de sostener algo que me estaba tensando por dentro.

    Y en ese espacio más suave… apareció algo que no estaba antes:

    paz.

    No una paz que hace ruido.
    Ni una que viene porque todo está perfecto.

    Una paz más callada.
    Más honesta.

    De esas que no necesitan explicación…
    porque simplemente se sienten.

    Desde ahí, la mirada cambia.

    No porque el otro tenga razón.
    No porque yo la haya perdido.

    Sino porque ya no estoy atrapada en una sola forma de ver.

    Y eso… abre algo distinto.

    Quizás no se trata de no reaccionar.

    Quizás se trata de no quedarnos únicamente en esa primera reacción.

    De darnos el espacio de volver a mirar…
    pero con un poco más de amplitud.
    Un poco más de presencia.

    Y ahí, casi sin forzarlo, aparece otra pregunta:

    ¿qué parte de lo que estoy viendo es mía…
    y qué parte podría pertenecer al otro?

    Epílogo

    A veces comprender no es darle la razón al otro…
    es dejar de pelear con una sola versión de la historia.

    Tal vez no siempre vamos a coincidir.
    Tal vez no siempre vamos a entenderlo todo.

    Pero en el momento en que soltamos la necesidad de tener la razón…
    se abre un espacio distinto.

    Uno donde no todo tiene que resolverse.
    Pero sí puede sentirse más ligero.

    Yuli R.

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    Marzo 2025

    Libro trabajado:
    Ichigo Ichie: El arte de vivir momentos irrepetibles
    Autor: Sacume

    Hace un tiempo escuché una palabra que no conocía.
    No sé por qué me detuve ahí.
    Pero me detuve.

    Ichigo Ichie.

    La escuché en un video.
    La busqué con curiosidad ligera…
    y terminó encontrándome a mí.

    Leí un primer libro. Me gustó.
    Pero cuando encontré a Sacume en audiolibro, algo cambió.

    No fue romántico.
    Fue incómodo.

    Porque hablar de presencia suena hermoso…
    pero practicarla, para alguien con la mente acelerada como la mía, es otra historia.

    Este libro no me prometió apagar mi mente.
    Me invitó a volver.

    Una y otra vez.

    Por eso decidí compartirlo.
    No porque sea una verdad absoluta.
    Sino porque, desde mi experiencia, me aterrizó.

    Marzo quiero vivirlo así.
    Un poco más presente.
    Un poco menos automática.

    Si te resuena, puedes sumarte a la lectura del mes.
    A tu ritmo.
    Desde donde estés.
    Solo el momento.

    Porque quizá este momento (este que estamos viviendo ahora)
    no vuelva a repetirse igual.

    YR.