
Hay conversaciones que uno no tiene con nadie más.
No porque sean un secreto, sino porque solo aparecen cuando el silencio es suficiente para escucharlas. Son esas conversaciones que llegan al final del día, cuando ya no queda nada por hacer y, sin embargo, la mente insiste en seguir buscando algo más. A veces una respuesta. A veces una certeza. A veces, simplemente, un poco de calma.
La mía llegó pocos días antes de una presentación que llevaba semanas preparando. Había estudiado con disciplina, había leído más de una vez el material, había tomado notas, practicado y vuelto a practicar. Si alguien me hubiera preguntado objetivamente si estaba lista, probablemente habría respondido que sí. El problema era que mi tranquilidad no dependía de lo que objetivamente había hecho. Dependía de una sensación mucho más difícil de explicar: la de creer que todavía me faltaba algo.
Recuerdo que esa noche abrí nuevamente mis apuntes. Al principio pensé que estaba repasando una vez más el contenido, pero después de un rato me di cuenta de que ya no estaba estudiando. Mis ojos recorrían las páginas, pero mi atención estaba en otro lugar. Lo que realmente estaba intentando encontrar era esa sensación de seguridad que, ingenuamente, creía que aparecería si me preparaba un poco más.
Fue entonces cuando me hice una pregunta que nunca antes me había formulado.
¿Cómo se siente una persona cuando ya está preparada, pero todavía no consigue creerlo?
No intenté responderla enseguida. Me quedé un rato acompañándola, porque sentí que había algo importante escondido detrás de ella. ¿Cuántas veces confundimos preparación con confianza? ¿Cuántas veces seguimos acumulando conocimiento cuando, en realidad, lo que nos hace falta no es aprender más, sino empezar a reconocer todo lo que ya hemos aprendido? ¿En qué momento dejamos de prepararnos porque queremos comprender y empezamos a hacerlo porque tenemos miedo?
Y ahí, en silencio, comprendí algo que me descolocó.
No se trataba de cuánto más podía revisar. Se trataba de por qué me costaba tanto confiar en el trabajo que ya había hecho.
Fue así como apareció la pregunta que terminó acompañándome durante los días siguientes.
¿Qué pasaría si confío en todo el trabajo que ya hice?
Lo que más me sorprendió fue que esa pregunta no intentó tranquilizarme. No me prometió que todo saldría bien. No hizo desaparecer los nervios ni me convenció de que nada podía salir mal. Simplemente me invitó a mirar en otra dirección. Hasta ese momento había puesto toda mi atención en aquello que todavía podía fallar. Esa pregunta, en cambio, me llevó hacia todo lo que ya existía: las horas de estudio, las madrugadas, las veces que decidí seguir cuando nadie me veía, el esfuerzo silencioso que había ido construyendo una preparación mucho más sólida de lo que yo misma era capaz de reconocer.
Quizás por eso con el tiempo entendí que hay temores que no desaparecen porque les dediquemos más horas. Hay momentos en los que seguir haciendo ya no aporta claridad; solo prolonga la sensación de que todavía no somos suficientes.
El día de la presentación llegó y, para mi sorpresa, los nervios seguían allí. Pero ya no ocupaban todo el espacio. Habían dejado de dirigir la conversación. Cuando empecé a hablar sentí algo que todavía hoy me cuesta explicar. Las ideas aparecían con naturalidad, no porque las hubiera memorizado a la perfección, sino porque, en algún momento de aquellas semanas, habían dejado de estar solamente en mis apuntes para empezar a formar parte de mí. Por primera vez no tuve la sensación de estar intentando demostrar cuánto sabía. Sentí, más bien, que estaba compartiendo algo que ya habitaba dentro de mí.
Al terminar recibí comentarios muy bonitos, pero, mientras recogía mis cosas, comprendí que la mayor recompensa no estaba allí. Lo más valioso había ocurrido mucho antes, aquella noche en la que cerré el cuaderno y dejé de buscar desesperadamente una seguridad que ningún libro podía ofrecerme.
Vuelvo muchas veces a esa conversación, no porque piense en aquella presentación, sino porque me recuerda algo que también aparece en otros momentos de la vida. Quizás, sin darnos cuenta, la confianza lleva mucho tiempo construyéndose en silencio, esperando únicamente que nos atrevamos a reconocerla.
Porque hay ocasiones en las que el acto más valiente no consiste en seguir preparándonos.
Consiste en confiar, por fin, en la persona que ese esfuerzo ya construyó.
Y. R.








