
Pensé que la conversación era sobre café.
Resultó ser sobre apego.
Hace poco me recomendaron reducir el café. Una sugerencia sencilla, razonable e incluso beneficiosa para mi salud. Pero cuando escuché esa recomendación, algo dentro de mí reaccionó. No fue rebeldía ni resistencia. Fue una sensación difícil de explicar, como si alguien hubiera tocado algo más profundo que una bebida.
Porque, siendo honesta, nunca sentí que estuviera defendiendo el café. Lo que sentía que estaba defendiendo era otra cosa.
Y ahí comenzó una pregunta que me acompañó durante toda la mañana: ¿a qué estaba realmente apegada?
Durante años escuché hablar del apego como si fuera algo que debiéramos evitar, como si el simple hecho de apegarnos a algo fuera un problema. Pero mientras observaba mi propia reacción, empecé a sospechar que la conversación era más compleja de lo que parecía.
Porque si mañana desapareciera el café de mi rutina, ¿qué sería exactamente lo que extrañaría? ¿El sabor? ¿La cafeína? ¿La taza? ¿O aquello que sucede dentro de mí durante esos minutos?
Mientras seguía tirando del hilo, me di cuenta de algo. Tal vez no estaba apegada al café. Tal vez estaba apegada al ritual, a la calma, a la sensación de comenzar el día conmigo antes de que el mundo empezara a pedirme cosas. Tal vez estaba apegada a ese pequeño espacio donde no soy gerente, estudiante, líder ni responsable de nada. Solo soy yo.
Y entonces apareció otra pregunta, una más incómoda.
¿Y si aquello que nos cuesta soltar no fuera la cosa en sí, sino lo que representa para nosotros?
Esa idea me llevó por un camino inesperado. Quizás no nos aferramos a una persona, sino a cómo nos sentimos cuando estamos con ella. Quizás no nos aferramos a una etapa, sino a quiénes éramos dentro de ella. Quizás no nos aferramos a un lugar, sino a los recuerdos que viven allí. Y quizás, muchas veces, confundimos aquello que amamos con la experiencia que vivimos a través de ello.
De repente, el apego dejó de parecerme un enemigo. Empezó a parecerse más a una pista. Una ventana. Una forma de descubrir qué es lo que realmente valoramos.
Porque tal vez el problema no sea amar algo profundamente. Tal vez el problema aparece cuando olvidamos que la esencia de aquello que amamos puede adoptar nuevas formas.
Quizás mi café de las cinco de la mañana tenga que transformarse. Quizás una taza de té ocupe su lugar por un tiempo. Quizás cambie la bebida. Pero no necesariamente tiene que desaparecer la calma, ni el ritual, ni ese encuentro conmigo misma al comenzar el día.
Y esa idea me resultó profundamente reconfortante, porque me recordó que algunas cosas pueden cambiar sin que perdamos lo que realmente importa.
Y curiosamente, todo empezó con una taza de café a las cinco de la mañana.
Y. R.
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